Hablar de Turismo del 40 en Coronel Pringles es hablar de una de las categorías más representativas del automovilismo zonal. Es recordar tardes de tierra, tribunas colmadas, talleres que trabajaban hasta la madrugada y pilotos que, además de manejar, conocían cada tornillo de sus autos. Entre esos protagonistas sobresale el nombre de Héctor "Cacho" Villar, quien dejó una huella imborrable con el Falcon que lo llevó al subcampeonato en 1982 y a los títulos de 1983 y 1984.
En el marco del Día del Automovilismo Deportivo, el histórico piloto abrió las puertas de sus recuerdos para reconstruir una época que, asegura, fue tan sacrificada como apasionante.
"Yo salí subcampeón en 1982. Debuté con el Falcon en julio de ese año y después fui campeón en 1983 y 1984. Ahí prácticamente me retiré. Esa fue mi trayectoria con el Falcon dentro del Turismo del 40", recordó.
Sin embargo, su historia había comenzado antes, cuando todavía competía con los tradicionales motores antiguos.
"También corrí con los motores viejos. Debuté en Pringles y después seguí parte de 1980 y 1981 hasta que empezamos a construir el auto nuevo. Fue una etapa muy linda porque uno iba aprendiendo mientras la categoría también evolucionaba", explicó.
Ese Falcon que tantas satisfacciones le dio continúa hoy escribiendo nuevas páginas dentro del Turismo del 40. Actualmente lo conduce el piloto de General La Madrid Alfredo Pérez, demostrando la calidad de un auto que resistió el paso del tiempo.
"Me pone muy contento saber que ese auto sigue compitiendo. Lo conocí a Alfredo Pérez durante la cena homenaje a los pilotos locales y sabía que el auto seguía siendo protagonista. Eso es una alegría enorme", comentó.
Una época donde el piloto hacía de todo
Cuando se le pregunta qué es lo primero que recuerda de aquellos años, Villar no habla de victorias ni de campeonatos. Habla de concentración.
"La época era hermosa, pero te voy a decir una cosa increíble: yo casi no veía las carreras. Estaba tan concentrado en el auto, en cómo frenaban los demás, si alguno bloqueaba una rueda o si el mío hacía un ruido distinto, que prácticamente no disfrutaba de mirar la competencia. Estaba pendiente de todos los detalles."
Aquella manera de vivir las carreras respondía a una realidad completamente diferente de la actual.
"En esa época el piloto también era mecánico. Había que revisar todo, controlar todo y estar en cada detalle. Hoy existen preparadores, ingenieros y mucha gente especializada. Antes uno hacía un poco de todo."
Su obsesión por la mecánica era conocida por quienes compartían el taller.
"Yo revisaba hasta lo más mínimo. Esa era mi manera de trabajar y nunca me arrepentí. Vivía las carreras desde otro lugar."
El privilegio de conversar con Fangio
Uno de los recuerdos más valiosos que conserva Cacho Villar es el haber compartido largas conversaciones con Juan Manuel Fangio, el quíntuple campeón mundial de Fórmula 1.
"Tuve la posibilidad de hablar con Fangio dos veces. Una charla fue muy larga. Nos contó muchísimas cosas de las carreras y hoy me arrepiento de no haberle preguntado mucho más. En ese momento parecía una conversación normal, pero con el paso de los años uno toma dimensión de lo que significó compartir ese momento con él."
Para Villar, Fangio representa mucho más que un campeón.
"Fue extraordinario. Si uno piensa en las velocidades que alcanzaban aquellos autos, con frenos a campana, neumáticos muy distintos a los actuales y esos cascos que parecían de cuero, realmente eran pilotos de verdad. Tenían un coraje impresionante."
El Falcon nacido en Pringles
Existe un mito muy instalado en el ambiente que sostiene que el Falcon campeón había sido construido en la Agencia Ford local. Villar aclaró que la realidad fue diferente.
"En la agencia teníamos el espacio para trabajar y recibíamos muchos consejos, pero todos los fierros eran nuestros. El gran hacedor del auto fue el Gallego Baldonero. Si una pieza no existía, él la fabricaba. Era un verdadero creador."
El reconocimiento hacia Baldonero ocupa un lugar especial en su memoria.
"Había venido de España y era mecánico de aviones. Tenía conocimientos extraordinarios. Sabía fabricar cualquier pieza y manejaba una precisión increíble. Era un verdadero maestro."
También recordó a otros nombres fundamentales de aquella época, como Tito Grassi, de quien recibió una ayuda invalorable.
"Yo armé el auto mirando el Mar y Sierra de Bobbio, que estaba en el taller de Tito Grassi. Él me dio muchísimos consejos, me prestó la caja de cambios hasta que estuvieron listas las nuestras y siempre estuvo dispuesto a ayudar. Sabía muchísimo de mecánica y conmigo fue una persona excepcional."
El campeonato que se escapó
Aunque predominan los buenos recuerdos, existe una espina que todavía permanece.
"Podría haber salido campeón tres veces. Perdí un campeonato por un punto porque me hicieron cosas muy feas con las cubiertas y con la nafta adulterada. Ese es el único recuerdo realmente malo que tengo, pero ya pasó."
Más allá de aquella decepción, prefiere quedarse con los momentos compartidos junto a su inseparable acompañante.
"Con Pancho nos entendíamos sin hablar. Antes de bajarnos del auto ya sabía cómo venían los tiempos. Me hacía señas para indicarme si alguien venía por derecha o por izquierda y nos entendíamos perfectamente. Era un compañero de fierro."
Trabajo y disciplina
Las jornadas en el taller tenían reglas muy claras.
"Nunca mezclábamos trabajo con un asado. Si había que trabajar en el auto, trabajábamos. Un asado podía esperar para otro día. Si uno se distraía podía olvidarse de apretar un tornillo o revisar una pieza importante. Éramos muy estrictos con eso."
Aquella disciplina fue una de las claves del éxito deportivo.
"Nos encerrábamos los tres a trabajar en silencio. Primero el auto y después venía el momento de disfrutar."
Cómo cambió el Turismo del 40
Villar observa con satisfacción el crecimiento técnico de la categoría, aunque también lamenta que los costos hayan reducido notablemente la cantidad de participantes.
"Hoy el Turismo del 40 está muy profesionalizado. Ya cuando aparecieron los motores nuevos empezó otra etapa. Entraron preparadores, motoristas y especialistas que cambiaron completamente la categoría."
Sin embargo, considera que esa evolución tuvo un costo.
"Nunca estuve de acuerdo con ir agregando cada vez más cosas. Si la categoría hubiera mantenido el espíritu original habría muchos más autos. Se fue encareciendo demasiado y eso terminó alejando a muchos pilotos."
La diferencia con aquellos años resulta evidente
“Antes había cuatro series de doce autos. Había más de cincuenta autos locales. Hoy muchas veces ni siquiera alcanzan para completar dos series. Es una pena porque sigue siendo una categoría hermosa.”
También recordó una vieja discusión reglamentaria relacionada con las largadas en los circuitos de tierra.
“Yo peleaba para que quien ganara la clasificación pudiera elegir el lado desde donde largar. En ese momento no me dieron la razón, pero hoy finalmente se hace así. Era lo más lógico porque muchas veces el mejor clasificado largaba del lado más roto de la pista.”
Una pasión que no se apaga
Aunque hace muchos años dejó de competir, Cacho Villar continúa siguiendo de cerca la actualidad del automovilismo y disfruta viendo cómo nuevas generaciones mantienen viva la tradición del Turismo del 40.
Cada recuerdo trae el nombre de un compañero, un mecánico o un amigo que ayudó a construir una etapa inolvidable para el deporte motor de Coronel Pringles.
“Historias hay para contar todo un día entero. Conocí mucha gente, aprendí muchísimo y el automovilismo me dio amigos para toda la vida. Fue una etapa extraordinaria”, resumió.
Al finalizar la charla, dejó un mensaje para quienes hoy siguen alimentando la pasión por los fierros.
“A todos los pilotos les deseo que pasen un muy lindo día. Y les agradezco a quienes siguen recordando aquellas épocas. Las puertas de mi casa siempre están abiertas para hablar de automovilismo, porque es una pasión que nunca se termina.”
Con la sencillez que lo caracteriza, Héctor “Cacho” Villar vuelve a demostrar por qué es una de las figuras más queridas del automovilismo regional. Sus campeonatos forman parte de la historia, pero son su humildad, su compromiso y el amor por una categoría que marcó a Coronel Pringles los que mantienen intacto su legado entre quienes vivieron aquellas inolvidables tardes de Turismo del 40.